El viernes santo, 23 de marzo de 1951 resultarÃa, por un capricho del destino, un viernes santo trágico.
La calle campanas estaba abarrotada de un gentÃo compacto y expectante que colmaba sus angostas aceras y ocupaba las privilegiadas tribunas que suponÃan las barandas de la lonja catedralicia. Los golfillos y molzabetes se arracimaban atrevidamente sobre el "balcón de pilatos", trepaban pos las altas verjas de la lonja y los más osados convertÃan en inestables sillones las "piñas" y flameros que decoran las pilastras que aseguran las rejas.
Del reloj de la catedral, al instante secundado por el de la diputación, habÃan caÃdo lentas y pausadas las campanadas de las siete de la tarde. La procesión subÃa calmosa por la calle. La urna del sepulcro ya avistaba la embocadura de la calle maestra. Flotaba en el ambiente el clásico respeto que en aquellos años rodeaba la atardecida del viernes santo. Los tambores llevaban los parches destemplados. Las cornetas no se tocaban y colgaban mudas a la espalda de "los romanos". El piquete de escolta llevaba las armas "a la funerala"...
Ya no hubo forma de recomponer la procesión. Algún caballo desvocado no se pudo apaciguar hasta la plaza de la audiencia...Las gentes, que corrieron despavoridas en todas direcciones, propalaron absurdos bulos -¿una bomba...?, ¿un terremoto...?, ¿un loco que ataca a las mujeres...?- que añadÃan pánico al pánico. Y muchos permanecieron en los portales presos de crisis nerviosas y llantos incontenibles, mientras otros se guarecÃan en las cafeterÃas pidiendo ansiosos una tila.
Fue un viernes santo no solo enlutado, sino trágico. Que quienes lo vivieron aun lo tienen fresco en la memoria, aunque hoy peinen canas.